Sin abejas no hay futuro: la importancia de proteger a los polinizadores

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Las abejas, junto con otros polinizadores como mariposas, sírfidos y ciertos escarabajos, realizan un trabajo silencioso pero fundamental: trasladan el polen de una flor a otra, permitiendo que las plantas se reproduzcan. Se estima que alrededor del 75 % de la producción agrícola alimentaria del mundo dependen, al menos en parte, de este proceso. Frutas, verduras, frutos secos, semillas y muchos otros productos básicos de nuestra dieta existen gracias a ellos.

Sin embargo, su papel va mucho más allá de la agricultura. Los polinizadores mantienen la biodiversidad de los ecosistemas naturales. Sin su actividad, muchas plantas silvestres dejarían de reproducirse, lo que afectaría a toda la cadena trófica: desde los insectos hasta las aves, los mamíferos y, finalmente, a nosotros.

El próximo 15 de agosto se celebra el Día de las Abejas y de los Polinizadores, una fecha que nos invita a mirar de cerca a uno de los grupos faunísticos más esenciales, y a menudo más olvidados, del planeta. Sin ellos, gran parte de los alimentos que consumimos y de los paisajes naturales que conocemos simplemente no existirían.

Un equilibrio amenazado

A pesar de su importancia, las poblaciones de polinizadores están disminuyendo en muchas partes del mundo. Las causas son variadas y están interconectadas: la pérdida y fragmentación de hábitats naturales, el cambio climático, los monocultivos y, de forma especialmente grave, el uso de pesticidas.

Uno de los mayores peligros a los que se enfrentan las abejas son precisamente los pesticidas, en especial los insecticidas conocidos como neonicotinoides. Aunque no siempre provocan la muerte de forma inmediata, incluso en dosis muy bajas afectan a su sistema nervioso. Las abejas expuestas a estos productos pueden desorientarse y no encontrar el camino de vuelta a la colmena, perder capacidad de aprender y recordar olores de las flores, recolectar menos alimento y debilitar sus defensas frente a enfermedades y parásitos. Con el tiempo, estos efectos “invisibles” debilitan a toda la colonia y pueden provocar su colapso. Además, no solo los insecticidas son un problema, algunos herbicidas y fungicidas, y sobre todo las mezclas de varios productos, también contribuyen a este deterioro.

La desaparición de las abejas y otros polinizadores no es solo un problema ambiental: es también un problema de seguridad alimentaria y de salud de los ecosistemas. La buena noticia es que hay muchas acciones concretas y accesibles que podemos llevar a cabo, tanto a nivel individual como colectivo: plantación de especies autóctonas y melíferas en jardines, terrazas y balcones. Evitar el uso de pesticidas y productos químicos agresivos en nuestros entornos cercanos. Dejar zonas “salvajes” o menos intervenidas donde puedan crecer hierbas y flores espontáneas. Instalar hoteles de insectos o refugios para abejas solitarias. Apoyar la agricultura ecológica y de proximidad, que favorece prácticas más respetuosas con los polinizadores.

Cada gesto cuenta. Proteger a los polinizadores no requiere grandes gestos heroicos, sino constancia y conciencia.

Desde FUNPASOS creemos que cuidar de las abejas y del resto de polinizadores es cuidar de la vida en sí misma. En un momento en el que la biodiversidad se enfrenta a múltiples presiones, recordar el valor de estos pequeños aliados es más necesario que nunca.

El 15 de agosto no debería ser solo una fecha en el calendario. Puede ser el punto de partida para cambiar hábitos, apoyar iniciativas de conservación y reivindicar el papel esencial que desempeñan los polinizadores en nuestros ecosistemas y en nuestra alimentación.

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